La simetría del beso
febrero 3, 2009
La simetría del beso
I.
Estuve el pasado viernes 30 de enero en una fiesta con filósofos, la mayoría de ellos aún sin licencia y sin la mitad de los créditos de licenciatura. Cerca del amanecer, había dos trozos de fiesta: en donde se hablaba y alzaba la voz sobre la azotea y en donde había la inquietud de acciones. Yo estaba en la segunda. Varios juegos habían dado ya cierta claridad a cada cuál sobre la sección de la fiesta en que deseaban estar. En nuestra sección los juegos continuaron. Jugamos a magia, a patrones epistémicos, a modelos, y continuamos con “verdad o castigo”. La botella indicaba la relación diádica castigador-preguntador/castigado-contestador.
Las indirectas alusiones a la presencia hormonal versaban ya sobre la temática de las preguntas y la intención de los castigos que, hay que decirlo, tenían muy poco de directo y mucho de deseado. Pero es que pide mucha creatividad no trastornar el tejido social de manera permanente, a través de la exploración pública del deseo, en una cultura como la nuestra.
Gradualmente nos fuimos acercando con cautela.
Alguien propuso tocar anónimamente a quien se sentara en la silla a ojos cerrados y luz apagada. Al tiempo yo me sentaba en una silla y me recordó la posibilidad de confrontación existencial que va de un deseo imaginario a la corporalidad llana, pensé por el cariz de los presentes, que aunque el morbo fuera un fantasma presente entre nosotros, más poderosas eran las ganas de vivir y me arriesgué a comprobarlo.
Accedí entonces a la propuesta y pedí que me vendaran los ojos. No quería mirar por error.
Apagaron la luz y varios comenzaron a tocar a palma entera. Se hizo un silencio y podía escuchar las respiraciones de todos. Las manos eran torpes. Todas ellas encaraban un escenario en que se les permitía hacer con la anuencia del tocado; pero aunque estuvieran en igualdad de circunstancias entre ellos, y no hubiera luz, a la vez eran testigos de sí mismos. Imediatamente, las múltiples manos entraron en terreno de dilema ético y en el intersticio, desaforaban placer. Un par de veces, tal vez tres, recibí aliento en el oído y cuello. La bufanda que tapaba mis ojos era lo suficientemente gruesa para evadir estas sensaciones. Realmente sentí un gran número de manos recorriendo mis piernas hasta la ingle. Algunas de ellas estaban, literalmente, ardiendo.
Pasó el tiempo suficiente. Nadie sabe cómo. Se acabó por sí mismo. Entonces, mi instinto me llevó a marcar antecedente para lo que a continuación podía seguir en la fiesta: tomé la palabra.
Dije: “Quiero decir lo que sentí” Y las experiencias inconexas buscaron conexión. De verdad, sentí poca profundidad, como si hubiera cierta urgencia que llegaba a su objeto y no pasara nada relevante al conseguirlo. Fue como si todas las manos buscaran encontrar lo que se supone estaba tan al alcance, pero no lo lograban. Fue como si algunas manos se preguntaran si podían tocar más y con ello alcanzarlo. Fué como si con su temperatura hicieran un esfuerzo para llegar y finalmente encararan un trozo de cuerpo contra su idea y sucedieran otras cosas más allá de lo que uno puede imaginar cuando va a tocar a alguien.
Pero haber retroalimentado, haber dicho lo que me pareció, menos de lo que aquí escribo, viró los incipientes dilemas éticos hacia las preguntas.
¿Qué se siente? La intencionalidad de los presentes muy pronto se reacomodó y otros pidieron ser tocados a ojos cerrados y luz apagada. Al tiempo se inventaba el recorrido y las reglas: tomárselo en serio. ¿Qué podríamos hacer si dejamos suceder? ¿Qué podemos vivenciar?
La propuesta cambió: el tocable ahora estaría de pie. Hay más mundos posibles así. La dinámica hizo pasar al centro a no pocos, uno a la vez. Y por los rostros en la penumbra eligiendo sus recorridos al tocar y las retroalimentaciones desconcertantes de quienes al terminar tomaban la palabra, me acordé del teatro.
Recordé algunos entrenamientos actorales de cuando estuve en el Taller de Psicodrama del Cuerpo con Pedro Pablo Martínez o los comentarios de Leti, mi hermana, respecto a sus clases en Casa del Teatro con Rogelio Luévano y Antonio Peñúñuri o las clases de artes plásticas en el mismo lugar, que ella tomó con Luisa Ercolino; recordé también las clases de teatro que Leti, años después, impartió en la Universidad Iberoamericana y que pude presenciar cuando me invitaba a tomar notas al proceso colectivo. Todas estas referencias, dentro de los procesos actorales de la escuela, por llamarla en palabra del Mtro. Héctor Mendoza, (en su obra Creator Principium) del actor vivencial. El actor crea desde sus referencias vivenciales, y la vivencia del encuentro del cuerpo es una referencia ineludible.
Pero aquí no había actores en formación, había filósofos en medio de procesos exploratorios de vida. Muestra de lo fuerte de estos procesos lo eran los testimonios: más de uno pasaba al centro con la intención de ser tocado por encima del límite y recibía a cambio un amplio respeto al grado de enfrentar la sensación de hacerse objeto mediante la superficialidad del contacto.
La cultura nos diría que es más común hacerse objeto a través del toqueteo lascivo e impersonal. Pero en más de una ocasión, dentro de la dinámica en esta fiesta, el toqueteo sólo fue impersonal. La ausencia de la lascivia manifiesta golpeó a los tocados con una fuerte vivencia de soledad, a través de una multitud de manos.
Estos ejercicios, en teatro llegan a extremos mayores y requieren de una conducción profesional. Los presentes jugaban con fuego. Pero, soprendentemente, estos jóvenes filósofos acechaban lo que ocurría y entre todos se proveían de lo mínimo para hacer de esta experiencia algo con sentido. Se habló de no acosar al tocar. Ahí estábamos todos en el filo del deseo. Muy pronto explorar sólo el morbo era algo altamente efímero y aburrido, por decir lo menos. La dinámica devino en una autorregulación difícil de creer. Yo comencé a fascinarme con esto y entendí que lo que en otro contexto de personas hubiera yo mismo reprimido, ahora me estaba dando enseñanza.
Del todo precedido, horas antes era contexto común a los presentes hablar de qué culturas encaminan tu ejercicio irremediablemente dentro del sistema y cuáles te procuran otro lugar. Con contextos profesionales para la filosofía tan enajenados, con tanta influencia ambiciosa que deviene en darle la espalda a la vida, este riesgo era un acontecimiento.
II.
Así pasaron varios al centro hasta que me pareció pertinente, siguiendo mi instinto, pasar al centro otra vez; ahora parado, ya todos habían explorado otras dimensiones de todo esto, ya me había tocado exponerme primeramente y ya había tomado la palabra para que otros la tomaran.
¿Qué pasaría ahora? En una segunda oportunidad, ¿habría para todos un cambio en las características de la vivencia?
Me taparon los ojos.
Comenzaron, se hizo el silencio.
Esta vez podía escuchar la respiración de, incluso, los que estaban sentados mirando. Las respiraciones en general eran fuertes al exhalar y algo entrecortadas. Esta vez sentí muchas más manos que antes. Alguien me abrazó y me dió una mordida en el cuello.
De repente, me advertí inmóvil, recibiendo. Y esta posición ante los sucesos comenzaba a golpearme. Las manos entraban en un ritmo conjunto y ninguna se estorbaba. No podía situar la identidad de una sola, era una alteridad coordinada. De algúna parte hubo un componente que permitió, a diferencia de la primera vez, detonar el deseo… Comencé a encarnarlo y sentía el flujo de lo que todos ponían en mi cuerpo al tocarlo. No era como antes en donde todo terminaba al empezar. Ahora me proveían de nuevas dimensiones, las manos todas, coordinadas. Mi cuerpo era golpeado. Ser espectador pasivo de la vida, a la manera en que uno se postra ante el televisor es incompatible con este flujo vital. Pronto encaré con toda claridad la falacia de recibir pasivamente. En la vida uno no recibe sin aportar, tal como toda observación está cargada de teoría, según Feyerabend y Kuhn.
Entonces, comencé a moverme para recibir. Me ajusté al ritmo colectivo. Me dejé llevar por cada movimiento, simultáneamente. Me controsionaba, pues. Y ahí, todos a un tiempo, liberaron algo fuerte, todos subieron el tono, la velocidad y el ritmo se multiplicó matemáticamente, todo erá más rápido y pasional. No hacía distinción de género, eran los demas. Noté que este asunto, acechando mi propia experiencia corpórea (en tantos cuerpos dentro de mí como hubiera sucedido), requería de tener muy claro lo que era mío y lo que no. Recibir tan múltiplemente en el cuerpo me exigió convocar al instante una identidad energética para entonces recibir en vez de disolverme. Por un momento entendí, que de haber hecho este ejercicio unos años antes, habría pasado por un fuerte conflicto de identidad, de extravío.
Me sentí contento de recobrar mis pedazos (esos, de la adolescencia temprana y tardía) e integrarlos de súbito, e inmediatamente, recibir de todas esas manos tacto y deseo. Configuré entonces una sensación de potencia, como si pudiera hacer más grande o más chica el aura que a todos nos envolvía, pues finalmente, todo pasaba por mi anuencia, y ahora, llevaba mi energía junto con todos.
Y es que el tacto es simétrico en experiencia aunque detone para cada lado las irregularidades geométricas más inesperadas. Ahí estaba yo sabiendo, a diferencia de antes, que cada mano que me tocaba -y con hacerlo construía en mí una experiencia- recibía a cambio la suya.
Habían pasado segundos desde el inicio. En ese torbellino de silencio, una cara se aproximó a mi mejilla. Respiró fuerte y después con timidez se acercó a mis labios. Como con duda decidió arribar y enfrenté un beso sin identidad que tomó de mi aliento un ligero mordizco.
Ante esta nueva situación -y gracias a haberme integrado instantes atrás- permití lo sucedido experimentando de relieve el inusual hecho de no interpretar el caso.
Múltiples preguntas vinieron a mí a manera de sensaciones: el revés de la certeza.
¿Qué es un beso?
El ritmo de todos continuó y por el lado izquierdo se acercó otra persona para, con un nuevo sentimiento de duda incrustar en mi boca un beso de petición, articulando una poca abertura de la boca y con los labios más grandes que el caso anterior, casi pidiéndo ser besados en una inversión de peso en la simetría del tacto.
Nuevamente, tan inusual experiencia de sustraer la identidad del otro me devolvía a cambio las posibilidades de lectura de las intenciones del beso, tal como ahora las describo.
Cuando doy identidad al beso y resignifico lo que pasa, ¿tengo menos capacidad de lectura en torno a la cualidad de la simetría?
III.
El evento colectivo continuó.
¿Estaba yo recibiendo información efectivamente a través de los labios, o sólo eran suposiciones y sugestiones mías? La misma experiencia podía verse desde distintas escuelas. Me concentré en percibir más y enjuiciar menos.
Entonces llegó un tercer beso anónimo también; en esta ocasión fue acompañado de un franco faje. Las tres personas de tan cercano contacto, hasta ahora, habían sido distintas. Eso podría firmarlo. Aunque ahora piense que tal vez algunas de ellas fueron la misma; a la hora de besar, estaban configuradas de manera diferente, eran diferentes cuerpos. (Si alguna de estas personas fue la misma, esto muestra cómo somos un cuerpo y muchos cuerpos; y al besar podemos ser radicalmente otros).
Se me aproximaba el cuerpo del otro, y algunas otras manos comenzaron a alejarse. Yo, manteniéndome con menos enjuiciamiento, no correspondía, me concentraba en leer lo que pasaba, en percibir, en contrastar los sucesos al quitarle la identidad y la significación. Por un momento a un buen ritmo, me sentí en casa dentro del faje y me intrigaba cómo puede suceder esto cuando uno no sabe con quién está. El cuerpo ondeante se retiró.
Continuaron más algunas manos hasta que por cuarta ocasión recibí un claro embate. A mi boca llegó un largo beso con un sabor raro y muy diferente a los anteriores. Me pareció identificar que se trataba de la misma persona que en el primer beso, sólo que en esta ocasión a través de mi boca, mi cuerpo recibió la sensación de imposibilidad. De pérdida. De desesperación. De término.
En la boca del estómago se me hizo un vacío y yo comencé a preguntar si estaba significando esto desde algún lugar. Parece que la actitud de los presentes fué quitarse, de modo que sólo quedaba prendado sin mucha voluntad a un sólo cuerpo. Ahora me figuro que tal vez los demás percibieron un exceso en la apropiación de la experiencia colectiva, como si una sola persona se hubiera adueñado el final de lo que ocurría y tal vez por eso se quitaron. Yo no correspondía, pero tampoco rechazaba, en el tono de permitir la experiencia. De momento el otro cuerpo se quitó y me quedé sólo en el centro con los brazos levantados.
Con un sabor amargo en la boca del estómago.
Alguien me bajó los brazos y comenzaron a preguntar por mi vivencia.
Me senté. Mi cuerpo comenzó a temblar y comenté que tenía ganas de llorar, que al final, en el útlimo beso se me transmitió una sensación de imposibilidad como si con los labios se dijera, como si a través de los míos se codificara claramente y se albergara en la boca del estómago. Me dieron náuseas.
IV.
¿Es un beso nada más la conjunción de sensaciones en nuestras terminales nerviosas y una significación elegida?
Si sólo fuera eso, al quitar la significación -dado que nada significaban esos besos, no sabía quién me los daba o pedía- habría quedado solamente, la estimulación sensorial y nerviosa. Entonces, en tono cientificista bajo una ontología nominalista, mi recepción codificada de los besos se explicaría apelando a mis patologías o sugestión. El psicólogo experimental del siglo XX (un tanto positivista) diría que nada hay, tan sólo se trata de sugestión ante el estímulo. Un freudiano, explicaría el sentido de mis sugestiones en orden a mis patologías originarias, con mi madre o cosa similar. Sería en todo caso, la ventana a un mapa de mis patologías. Un nominalista diría que nada existe en el beso, ni el beso mismo: son nombres para propiedades o relaciones que poseen las cosas que sí existen.
Pero, ¿no pasa que al ajustar tal complejidad de vivencia a un paradigma dado de antemano, más bien convertimos las explicaciones en acomodos ad hoc? Verlo de modo cientificista daría el resultado más anticientificista. Por Ley de Clavius, categóricamente lo estamos viendo de manera no científica, pero además, parece que no podemos entrar al juego de la ciencia. Y es un alivio no poseer una ciencia de los besos al estilo del siglo XX, si por el contrario nos acercamos a esbozar con la pregunta por: qué sabemos acerca del beso y críticamente avanzamos hacia ampliar el horizonte de lo que podemos saber; si esbozamos tal vez una ontología de lo inasible; si ganamos para nuestra comprensión de lo que somos vitalmente; si clarificamos elementos para la intervención elegida de nuestras propias pasiones, por ejemplo.
Yo me inclino a identificar con sumo esfuerzo de franqueza que mi dolor en la boca del estómago me fue colocado por ese beso. Que hay un cariz en cada beso y que lo damos en nuestra intención. Es más tangible, para abrir horizonte de reflexión, postular un flujo que va de uno a otro en el tacto de los cuerpos, de las bocas… Sin determinar que existe, abierto a que tal vez es sólo un nombre… Tampoco es imprescindible postular.
Si el ambiente era en todo caso, propenso hacia Eros, ¿por qué habría de quedarme esta sensación tan amarga en vez de una excitación a prueba de todo pudor, por haber hecho real un trozo de fantasía erótica?
¿Por qué no fue igual en todos los besos?
Aquí está el riesgo vital en esta experiencia en medio de una fiesta de filósofos jóvenes: tomar el riesgo de experimentar en la vivencia desprendidos de paradigmas dados. Sin ellos, percibir. Acechar nuestras codificaciones y ser francos para encontrar lo que ponemos de ideas y qué queda cuando no lo hacemos.
Tuve náuseas por un espacio de media hora y desde entonces, una nueva lista de preguntas junto a algunos postulados de entidades en torno al beso.
Si son sólo nombres o de hecho existen me importa poco; son como ese tipo de entidades que uno postula para controlar el orgasmo siendo hombre: no te preguntas si estás en un río en el que te vas a dejar ir o más bien es el borde de una cascada en la que te mantienes a flote, voluntariamente, en lo más alto y contra la corriente mientras te concentras en no perder la sensación de toda el agua que te atraviesa; el hecho es que con esas entidades, con esas metáforas uno se aproxima a intervenir efectivamente el orgasmo para aventarse al precipicio cuando lo decida. (Y cada cual postulará lo suyo o hará se metáfora efectiva)
Hay algo en el beso. Y, para la mejor intervención de los besos, no para ser consistente con mi ontología, he de decir que considero, que la intencionalidad de los besos se transmite.
Que tal vez, nuestra identificación y significación racional del beso, o nuestra selección de ideas voluntariamente elegidas para significar lo que estamos viviendo, en alguna medida nos distrae del acto de codificar lo que el beso nos dice por sí mismo. Creo que en nuestra cultura del beso, estamos habituados a no leernos. Creo que lo que un beso da en sí mismo, es la intencionalidad del que besa. Creo que en el beso nos damos de manera transparente a lo que vivimos en el beso, y podemos conducirlo. También, creo, podemos ignorarlo.
V.
Moshe Feldenkrais, judío-ruso del siglo XX, desarrolló una técnica de “Autoconciencia por el movimiento” al explorar la relación entre la manera de actuar en el mundo y el movimiento del cuerpo. En esta técnica hay un énfasis en aprender a aprender. En el proceso uno re-aprende movimientos tan básicos como levantarse, caminar, beber agua, etc. La exploración de Feldenkrais devino en el método que lleva su nombre y se aplica como técnicas de recuperación para pacientes en rehabilitación por deficiencias motrices y como toda una técnica de movimiento para la danza contemporánea. En su libro “La dificultad de ver lo obvio”, sostiene con un estilo de mal escritor, que al contacto de un cuerpo con otro, se transmite mucha información.
Feldenkrais no nos da argumentos para esta consideración, pero su experiencia de vida con los cuerpos nos debe hacer advertir que, al menos, era una creencia suya con la que intervenía sus técnicas y resultados y que, de no haber obtenido las respuestas que esperaba, no se habría aventurado a publicar semjante sentencia.
Sin argumentos deductivos, esta consideración de Feldenkrais hace eco en mis preguntas en torno al beso. Y en el mismo camino de semejante creencia, sostengo la mía de que, en el beso sucede con mayor fuerza la transmisión de información, y es posible conducirla a voluntad.
Un diálogo entre ontologías, entre escuelas experimentales y existenciales configuraría la invitación al riesgo de escuchar en el beso. Conocer qué sentían quienes me besaron al momento de hacerlo. ¿Correspondió mi percepción con su vivencia? En mi caso, dentro de esta fiesta, no sé quiénes ni cuántas personas me besaron y no he querido saberlo antes de escribir esto.
VI.
Comparando con mis habituales maneras de besar -en contraste con estas inhablituales- veo que en la casi totalidad de los besos que he dado, siempre he significado lo que sucede con ideas de lo que pasa, de con quién estoy, de qué significa para mí estar aquí, del futuro, de otras historias, o muy desapaegadamente: con ideas de sólo el presente, abierto según yo a la experiencia, y con -todo- ello, vivenciando el beso en una intencionalidad mía de recibir, manifiesta incluso, sutilmente.
Dado que es tan fuerte la simetría del beso, ¿pasará que culturalmente tendemos a decir y no a escuchar cuando besamos?
¿Es tan incontenible la pasionalidad de decir con los labios, que pocas veces abrimos cauce a lo que nos es dicho a través de ellos?
Cuando dos flujos de información tan fuertes con una intencionalidad tan fuerte se encuentran, todo nos vibra y nos senitmos vivos, y nos queda una huella y nos llenamos de certezas… Pero, ¿nos detenemos a escuchar?
Es nuestra cultura del beso decir en simultaneidad: ambos dan. Pero también ambos toman. Pero tomar y dar no corresponde. Creemos ingenuamente que lo que tomamos, es lo que el otro nos ha dado. Pero no es así, en nuestra cultura: significamos y decidimos qué dar en el beso y al recibir, significamos nuevamente y tomamos lo que queremos, no lo que se nos ofreció. La simetría no es efectiva, no traspasa, no llega al otro lado ni llega un arribo desde el otro lado. Cada uno de los dos que besan da y toma, pero es un rebote propio, tal vez un reflejo; pero no un mensaje, ni la voz llegando. La simetría es más una casualidad por suceder simultánea, que un intercambio de algo, de aquello que se da y recibe. Este vacío trágico e inadvertido sucede porque nos concentramos en codificar lo que tomamos. Es que sólo decimos y tomamos, y con ello creemos que la simetría está completa.
Y ahí están los amantes en un monólogo mutuo que nos llena de una manera rara, no sabemos cómo, no podemos decir qué pasa; hay un flujo en llamas que nos sublima pero le llamamos inasible en la comodidad de nuestra cultura. Y también tomamos algo de esto. Tomamos nuestro rebote y también la intensa presencia de quien en nuestra cara, da y toma. Esta presencia es nuestro pequeño contacto con el fuego.
Y el orgasmo simultáneo es encumbrado, la mirada simultánea buscada, el pensamiento simultáneo por el otro una esperanza, el deseo simultáneo el umbral hacia lo máximo, lo simultáneo es lo favorito con el otro. Porque en el fondo nos sospechamos solos con nuestro dar y recibir en un rebote, el otro es el vértice para nuestro autoconsumo. Y la simultaneidad es valorada porque nos da, aunque sea por un momento, la ilusión de que nos penetramos.
¿Alguien tomará el riesgo de leer al otro? ¿Es posible traspasar nuestra elocuencia para escuchar lo que me dices en el beso, que lo que digo sin palabras llegue a tí? ¿Podremos hacer efectiva la simetría del beso no por rebote?
Tal vez nunca como en los besos se han dicho tantas cosas hermosas que nadie ha oído, por estar a su vez, concentrados en decir -simultáneamente- algo a la altura.
Si es inútil decir más, dado que vamos y decimos, y hemos dicho demasiado al besar…
¿Tomaremos el riesgo de escuchar lo que nos es dicho? ¿Podremos escuchar a un tiempo sin decir? ¿Dejar de distraernos significándolo todo y por un momento abrir las ventanas de lo que somos y descubrir que podemos asir un trozo de la interioridad del otro, esa que nos regala?
¿Tomaremos el riesgo de escuchar lo que el otro nos dice; renunciar por un momento al romanticismo de la simultaneidad para quedar frágiles ante nuestro monólogo y entonces cambiarlo por la escucha? ¿Construir un encuentro cierto? ¿Traspasar nuestros monólogos, y hacernos dialogar? Llegar al otro lado.
Hacer de ello un hábito, versar en la materia.
Hacer efectiva la simetría del beso.